Dia de Voluntariado – Septiembre

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Sería tan fácil empezar a describir lugares, hechos y actividades. Pero hoy fue un día para poner las sensaciones en primer lugar.

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Mañana de Sol en Quito

Comenzando por un viaje en bus hacia el sur, bañado con la luz oro del sol aún perezoso, disfrutando vistas espectaculares de esta ciudad. Viendo los rostros de la gente con facha de llevar a cuestas una historia única. Yo también llevo la mía. Llegué entonces a una casa grande, con jardín y cómoda, me saludaron un par de perritos y un alegre caballo blanco. Fui bienvenida y saludada por personas que llevaban el delantal por fuera como uniforme y la calidez por dentro de quien sabe hacer bien su trabajo.

Saludé adentro ya de la casa, a dos chicas más, con la misma calidez que encontré antes. Luego el alma ya se me estrujó al ver en sus cojincitos a 3 niños de miembros entumecidos, despeinaditos, chuecos, con la mirada perdida. Peor el nudo en la garganta que me tuve que tragar, cuando mientras hace momentos extrañaba a mi propia pequeña inquieta e imparable, ví a una mamita despidiéndose de su nena, quien en su silla de ruedas recibía el beso feliz y con palabras difíciles de entender se alcanzó a escuchar su “te amo mucho mamita” y alzó para acariciarla su bracito, uno solo, porque el otro yacía quieto en sus piernas, que de igual manera, no se podían mover. Comencemos pues con la ayuda que pueda brindar, pensé.

DSC05479A jugar se ha dicho con la nena en su sillita. Carolina, 9 años, se hizo mi pana a los 10 minutos. A diferencia del resto de niños, ella tiene cierta movilidad y es posible comunicarse con ella, lo que resultó en 2 horas y pico de interminables juegos, intercambios de risas, pintarnos las manos, acariciarnos, abrazarnos, colorear, cortar papeles, y ser felices. Lo único que nos interrumpió fue la hora de su terapia, que consiste en quedarse paradita en un aparato con arneses. Con su carita de resignación, obediente ella ahí se quedó.

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Mientras, conversé un momento con los profesores de las terapias, me contaron que ahora tienen 6 niños porque son vacaciones, pero que a partir de septiembre serán trece. No se abanzan, dicen. Y es obvio. Dos profes para 6 niños en una mañana, cuando cada uno debería tener al menos 1 hora de terapia, es imposible, no imagino si los chiquitos doblan su número. Lo que mas falta, confesaron, es ayuda. Lo que no falta son las ganas y las sonrisas, y eso es bueno.

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Entonces, hora de ponerme a trabajar más. Conozco a Kevin, un niño chiquitito, pero guapísimo, olía delicioso a colonia y con unas pestañas kilométricas, negras, negras. Me regaló la sonrisa más coqueta. Se sentó feliz con su cabeza en mi falda, y me dejó conectarme con su calorcito para despacio, despacio, moverle los hombros, los brazos, las muñecas, las manos y los deditos. Con cada movimiento parece que algo les tronara dentro, son los sonidos de la rigidez rompiendo su rutina. A mi me tronaban los nervios pero el profesor dijo que era normal, y el Kevin disfrutaba mucho el ejercicio así que continuamos. Otros niños aprovecharon para hacer otras actividades también con los profes, riendo, balbuceando, pero con su mirada perdida, que me hace perderme a mi tratando de comprender de qué color serán sus pensamientos. Otros advirtieron un frío momentáneo mientras se les cambiaba su pañal. La Carolina seguía ahí paradita.

Momentos después, todos los niños a sentarse en sus sillas! Era hora de comer. Cabecitas chorreadas, manitos recogidas, sostenidos con telas, baberos puestos. Yo le dí de comer a la Carolina, que resultó lo más fácil, ella come como cualquier niña sin discapacidad. No puedo decir lo mismo de los otros chicos.

Me quedé atónita del trabajo paciente y cuidadoso del personal para dar de comer a los niños que no tienen control de su cuerpo. Se necesitan dos manos, a veces hasta tres, para lograr que ingieran cada bocado y tratar de que la mayoría quede en sus bocas y no alrededor. No se si puedan degustar, distinguir que les gusta, que no, no se sabe si estarán llenos, satisfechos, o con un huequito adicional en sus panzas. No sé. Sus sonidos guturales, sus atoros, es terrible ver el proceso. Pero hay que pensar que se alimentan, y muy bien, porque les prepararon cosas muy nutritivas y con jugo de frutas potente y azucarado.

La que siguió con el hueco en la panza fui yo, pero no de hambre. Luego a descansar los niños, y a comer el personal – viendo la novela de moda en la tele. Se pasó la mañana y era hora de despedirse, para dejarlos terminar de comer y descansar sus manos ajetreadas. Me despedí del Kevin y la Carolina, con sus sonrisas radiantes y me pregunté si no sería buena idea volverlos a ver. Yo con mi hueco, de vuelta al bus. Sabiéndome mucho, mucho, pero mucho menos fuerte que lo que otros pueden soportar. Corro a casa a ver a mi niña, corre chiquita, corre, que no sabes que feliz le haces a mama.

Por: Sofía Valdivieso

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